Dudo, luego existo.

No hace mucho mantenía una charla distendida con unos antiguos alumnos, hoy todos ellos hombres de empresa. Hablábamos de las bonanzas de la inteligencia artificial y, como suele ocurrir en estos casos, la conversación derivó hacia una especie de competición amistosa: quién había vivido la experiencia más espectacular. Fue entonces cuando una frase se me quedó grabada: «Yo ya no me complico la vida, le pregunto a la IA».

Al principio pensé: qué barbaridad. Pero al instante me acordé de que ya nos había pasado algo parecido. Nos pasó con las calculadoras, con Internet, con el correo electrónico. Al principio nos resistimos, luego nos adaptamos y acabamos usándolos con naturalidad. La diferencia, esta vez, es la velocidad y la fluidez. Todo ocurre tan deprisa y con tanta naturalidad que resulta más difícil detenerse a juzgar lo que realmente está pasando.

He intentado ordenar mis ideas. No pretendo sentar cátedra; solo compartir una opinión personal, con el riesgo evidente de equivocarme.

Para mí, usar bien la IA consiste en tratarla como un interlocutor rápido, un generador de borradores, un verificador de ideas o un acelerador. Lo esencial es que sea yo quien defina el problema, quien juzgue la calidad de la respuesta y quien decida qué se queda y qué se tira. Mantener, además, la capacidad de hacer el trabajo sin ella, aunque me cueste más tiempo. Usarla para llegar más lejos o más rápido, nunca para evitar el esfuerzo de pensar.

El riesgo aparece cuando empiezo a delegar no solo la ejecución, sino la propia formulación del problema. Cuando acepto la primera respuesta coherente sin contrastarla de verdad. Cuando pierdo el hábito de estructurar el pensamiento por mí mismo y empiezo a sentirme torpe o lento en cuanto la herramienta no está disponible. El criterio se atrofia poco a poco: dejo de detectar errores sutiles, omisiones o sesgos porque la respuesta «suena bien».

Lo he comprobado en carne propia. Además de informático, vengo de Letras y siempre me ha gustado escribir: poesías, obras de teatro cortas para niños, artículos, discursos… Hace unos seis meses me pidieron una poesía sobre un tema que no me apetecía especialmente. Pensé: voy a probar con la IA. Le di la estructura exacta que quería —versos endecasílabos, rima consonante— y el resultado fue más que aceptable. Repetí la experiencia con el mismo éxito. Hoy os aseguro que me cuesta bastante más escribir esas poesías por mí mismo. Lo sigo haciendo, pero ya no fluye igual. El músculo se ha resentido.

Las señales

  • Cada vez cuesta más empezar un texto, un análisis o un razonamiento en blanco.
  • Cuando la IA se equivoca, resulta más difícil detectar el error a la primera.
  • Se prefiere reformular la pregunta antes que pensar uno mismo la respuesta.
  • Aparece cierta ansiedad o vacío cuando no se puede consultar.
  • Los propios textos empiezan a parecerse demasiado al estilo medio de los modelos.

Cómo evitarlo

¿Por qué ocurre esto? Porque se pierde el músculo del pensamiento estructurado. Se pierde la capacidad de depurar, de encontrar el fallo real. Se pierde el criterio propio, que es precisamente lo que diferencia a un profesional de alguien que solo ejecuta. Y, a medio plazo, se pierde también la capacidad de enseñar o de formar a otros, porque ya no se entiende del todo el proceso.

  • Usar la IA después de haber intentado resolver o estructurar el problema uno mismo.
  • Obligarse periódicamente a hacer tareas importantes sin ella.
  • Tratar sus respuestas como borradores que hay que romper y reconstruir.
  • Preguntarse siempre: «¿Podría explicar o defender esta respuesta si me quitaran la IA ahora mismo?».
  • Mantener el hábito de escribir, razonar y decidir en frío, aunque sea más lento.

La pregunta no es si debemos utilizarla —claro que sí—. La pregunta es si vamos a seguir siendo nosotros quienes decidamos qué hacer con ella, o si poco a poco vamos a dejar que sea ella quien decida cómo pensamos.