Nosotros pasamos de código escrito en tarjetas perforadas a pantallas que eran capaces de analizar ese código antes de mandarlo a compilar, incluso de corregir errores de compilación. Fue un cambio grande porque nos permitió ganar mucho tiempo. Y así siguió, con mejoras de fondo pero no de naturaleza, hasta que a principios de este siglo algo distinto empezó a moverse con la aparición de nuevos lenguajes.

Cada una de esas capas que se automatizaba prometía lo mismo: ganar tiempo. Y casi siempre lo cumplía. La pregunta interesante nunca ha sido si se gana tiempo —eso, desde mi experiencia, ha sido constante desde 1975—, sino qué se hace con él. ¿Desaparece el criterio técnico que antes hacía falta para esa tarea, o se desplaza a otro sitio?

Llevo décadas viendo cómo se responde a esa pregunta, y la respuesta es siempre la misma: se desplaza. Nunca desaparece. Lo que cambia es dónde hace falta mirar con atención.

Un vocabulario que se presta y se deforma por el camino

Hace poco leí un post en LinkedIn que planteaba una progresión en tres etapas —código estático local, luego SaaS y cloud, luego sistemas autónomos que generan código— usando las etiquetas «Software 1.0, 2.0 y 3.0». Sonaba a marco establecido, y en parte lo es: la taxonomía es de Andrej Karpathy, que la planteó así en una charla de 2025:

  • Software 1.0: código escrito directamente por programadores.
  • Software 2.0: redes neuronales entrenadas con datos, donde el «programa» son los pesos aprendidos, no líneas de código.
  • Software 3.0: modelos de lenguaje programados con instrucciones en lenguaje natural.

El post que leí usaba las mismas etiquetas para contar una historia distinta: el 2.0 no eran redes neuronales, era la nube y el SaaS. Es un ejemplo pequeño pero revelador de algo que pasa a menudo con el vocabulario técnico cuando circula por LinkedIn: se toma prestada la autoridad de un término preciso y se le cambia el contenido para que encaje en el argumento que se quiere defender.

No lo cuento para corregir a nadie en público, sino porque es un síntoma de algo que sí me interesa: cuanto más rápido se mueve un campo, más se dispersa su propio vocabulario, y más falta hace pararse a preguntar qué significa exactamente lo que se está usando antes de construir un argumento encima.

El rol «más noble» ya me lo han prometido antes

Hay otro patrón en ese tipo de posts que reconozco de memoria: cada generación anuncia que la capa técnica anterior desaparece, y que el profesional queda liberado para un papel más elevado: arquitecto, garante, auditor, quien pone los límites en vez de escribir las líneas.

Ese rol «más noble y menos manual» me lo han prometido ya dos o tres veces en mi carrera. Cuando dejamos las tarjetas perforadas por pantallas que corregían errores de compilación, se dijo que el programador dejaría de perder el tiempo en sintaxis para centrarse en el diseño. Cada vez era verdad a medias: la capa técnica de debajo nunca desapareció del todo, solo cambió quién la tocaba primero y con qué herramientas.

Lo que sí es cierto es que cuando un sistema —sea un agente de código, sea un SaaS de los años 2000, sea un compilador de los 80— resuelve una tarea puntual de forma aislada, casi siempre lo hace bien. El problema aparece cuando esa tarea se repite cientos de veces encadenada a otras, a lo largo de meses, dentro de un proyecto real. Ahí es donde hace falta alguien que entienda el conjunto, no solo la pieza. Eso no ha cambiado nunca, desde el mainframe hasta hoy.

Lo que no baja de nivel

No creo que el criterio técnico esté en riesgo de desaparecer, ni tampoco creo que haga falta vender su reencarnación como algo radicalmente nuevo cada vez que cambia de forma. Lo que he visto, generación tras generación, es que la exigencia de entender cómo encajan las piezas nunca ha bajado de nivel. Solo ha cambiado de sitio: de la tarjeta perforada, a la pantalla, al lenguaje, a la nube, y ahora a lo que sea que venga después de los agentes.

Desde las catacumbas se ve con más perspectiva que urgencia. Y desde ahí, esto no me parece una ruptura sin precedentes. Me parece la enésima vez que cambiamos de capa.