A principios de los años 2000, en ESIC, el alumnado empezó a echar en falta algo que hoy damos por sentado: un espacio que comunicara a alumnos, profesores y gestión académica. En una palabra, una Intranet. Pero no cualquier Intranet: tenía que ser accesible en todo momento y desde cualquier lugar.
El reto no era técnico, o no solo. Yo no estaba ahí para lucirme con la herramienta más vistosa. Tenía que desarrollar algo útil, y además «vendérselo» a alumnos, profesores y dirección de forma que todos estuvieran de acuerdo. Antes de tocar una sola línea de configuración, me senté a responder siete preguntas que aprendí mucho antes de dedicarme a la informática, en mis años de Filosofía: el hexágono de Quintiliano, las circunstancias de Aristóteles. Qué, cómo, cuándo, dónde, quién, por qué y para qué.
El qué era la Intranet en sí. El cómo lo decidí tras valorar opciones: SharePoint. El cuándo exigía fijar una fecha de inicio y otra de cierre, no dejarlo abierto indefinidamente. El dónde era evidente: Valencia, con posibilidad de expansión a otras sedes. El quién no era solo yo: lo desarrollé junto a otro compañero de mi equipo. El por qué venía dado por la propia demanda de alumnos y profesores. Y el para qué era mejorar la forma de relacionarse, tanto en la gestión académica como en la personal.
Siete preguntas, un proyecto que funcionó, y ni un euro ni una hora tirados en algo que nadie había pedido.
Cuento esto porque hoy veo, día sí y día también, el mismo error que ese método me obligó a evitar entonces. Proliferan los «gurús» que anuncian, triunfales, el descubrimiento de la herramienta de IA que lo resuelve todo. Y muchas empresas y profesionales, ante esa presión, dan el paso de implantar nuevas herramientas o cambiar de metodología sin haberse hecho ni una sola de esas siete preguntas.
Apliquemos el mismo método, ahora, a la IA
- Qué: ¿qué problema concreto se quiere resolver? No «usar IA», sino qué tarea, qué cuello de botella.
- Cómo: ¿con qué herramienta o proceso, y por qué esa y no otra?
- Cuándo: ¿cuál es el plazo razonable de implantación, y cuándo se evalúan los resultados?
- Dónde: ¿en qué área de la empresa, en qué equipo, con qué alcance?
- Quién: ¿quién lo lleva a cabo, quién se ve afectado, quién necesita formación?
- Por qué: ¿qué demanda real lo motiva, más allá del ruido del mercado?
- Para qué: ¿qué mejora concreta se espera, y cómo se mide?
Quien se salta estas preguntas no está siendo ágil. Está comprando la urgencia de otro. Y la factura, en tiempo y dinero perdidos, la paga la empresa, no el gurú que vendió el vídeo de los cuatro clics.
La inteligencia artificial ha cambiado casi todo lo que rodea a estas decisiones: la velocidad, el coste, las posibilidades. Lo que no ha cambiado es lo que hace falta para decidir bien. Eso lleva más de dos mil años funcionando. No hacía falta reinventarlo. Solo había que recordarlo antes de decidir.



