Durante casi veinte años, en las aulas de ESIC, impartí las asignaturas de herramientas informáticas. No era la materia más popular. Los alumnos venían a estudiar Marketing, Publicidad, Diseño, Planificación estratégica: cosas que sonaban a futuro, a creatividad, a las carreras que habían soñado. Y ahí estaba yo, hablándoles de tablas dinámicas, fórmulas y funciones.

Cuando os sentéis en vuestra primera mesa de trabajo, sea la empresa que sea, allí habrá, seguro, un teléfono y un ordenador.

Sabía que a muchos les costaba ver el sentido. Así que se lo decía siempre igual, casi como una fórmula. Y añadía, porque no quería que se quedaran cortos: «Sé que ahora las tablas dinámicas, los gráficos, los cuadros de mando os resultan difíciles de entender, porque los veis como una asignatura. Pero cuando llegue el momento, os daréis cuenta de que es una necesidad. Y ojo, no os quedaréis solo ahí, porque la tecnología avanza a pasos agigantados».

No era una frase motivacional. Era una predicción técnica, y con el tiempo se cumplió con una precisión que ni yo mismo esperaba.

Hoy, muchos de esos alumnos ocupan puestos de responsabilidad en empresas que entonces ni imaginaban. Y lo que más me conmueve, con los años, no es solo verles ahí, triunfando: es que muchos siguen recordando aquellas clases, y recuerdan también algo que para mí importaba tanto como la materia: que la puerta de mi despacho estaba abierta, que además de dar clase, atendía dudas de cualquier tipo, no solo las que entraban en el programa de la asignatura. Que no era el «director de TI» que aparecía dos horas a la semana y desaparecía. Ese recuerdo, para un profesor, vale más que cualquier calificación de encuesta docente.

Pero si me quedara solo en el agradecimiento, estaría dejando la parte más importante sin decir. Porque aquella frase del aula no envejeció bien por casualidad: envejeció bien porque describía una dirección, no un destino. «No os quedaréis solo ahí» no era una advertencia sobre las tablas dinámicas: era un aviso de que el terreno bajo sus pies no iba a dejar de moverse nunca.

Y no lo hizo. Yo empecé en el departamento de proceso de datos de Ford España en 1975, con equipos que hoy parecerían de otro planeta. Dirigí después la creación de un centro de cálculo desde cero. Enseñé Excel, Access y SharePoint como si fueran la frontera de lo posible. Y ahora, jubilado, sigo aquí, escribiendo sobre inteligencia artificial, viendo cómo lo que a mis alumnos les parecía «difícil de entender» en el aula —cuadros de mando, automatización, datos— se ha convertido en el lenguaje mínimo de cualquier profesión, y cómo ese lenguaje mínimo vuelve a estar cambiando otra vez, ahora con la IA como protagonista.

Si tuviera que decirle hoy algo a quien se sienta por primera vez en esa mesa de trabajo, con el teléfono y el ordenador delante, no cambiaría el fondo de la frase. Solo la actualizaría: ya no basta con saber usar la herramienta que tienes delante. Hay que asumir, desde el primer día, que la herramienta de dentro de cinco años todavía no existe, pero llegará, y que la actitud para aprenderla cuando llegue importa más que cualquier cosa que se pueda examinar hoy.

A los que fuisteis mis alumnos y hoy leéis esto desde puestos que entonces solo podíamos imaginar: gracias por no haber olvidado a aquel profesor de una asignatura «menor». Y gracias, sobre todo, por demostrar que la frase del despacho abierto no cayó en saco roto.

¿Qué frase de aquellas os quedó grabada, de mí o de cualquier otro profesor, y cuánto tardasteis en entender por qué?