1968 fue un año mítico para los de mi generación. Nací en 1950 y aquel año se produjeron hechos que, de un modo u otro, variaron el curso de la historia: la Primavera de Praga, la Ofensiva del Tet en Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, el estallido del Mayo francés, el asesinato de Robert F. Kennedy, la invasión soviética de Checoslovaquia, la masacre de Tlatelolco, los Juegos Olímpicos de México, el auge del Black Power, la misión Apolo 8, la consolidación del movimiento hippie… Podría seguir, pero basta. Entre todos esos acontecimientos, uno se coló en mi vida de una manera distinta, silenciosa y definitiva: el estreno de «2001: una odisea del espacio».

Stanley Kubrick sorprendió al mundo con una obra maestra que casi nadie entendió (o, al menos, que nosotros no entendimos del todo) la primera vez que la vimos. La he vuelto a ver muchas veces y todavía me cuesta comprender cómo, en 1968, alguien pudo imaginar y diseñar a HAL 9000: un supercomputador dotado de inteligencia artificial, capaz de autoprogramarse, de hablar y de entender a los humanos, e incluso de leerles los labios. Todo eso, unido al planteamiento magistral del nacimiento del hombre desde una perspectiva filosófica, convirtió la película en algo más que un espectáculo de ciencia ficción. Fue una experiencia intelectual y existencial.

Yo acababa de empezar mis estudios de Filosofía. Venía de Letras, de los libros, de las ideas abstractas, de las grandes preguntas sobre el ser, el conocimiento y el destino del hombre. En las aulas hablábamos de Platón, de Kant, de Heidegger. En la sala oscura del cine, Kubrick me enfrentó a una pregunta distinta: ¿qué ocurre cuando la inteligencia que hemos creado deja de ser una herramienta y empieza a pensar por sí misma? HAL no era un monstruo de metal; era un espejo. Un espejo que reflejaba la posibilidad de que la razón humana, llevada hasta sus últimas consecuencias técnicas, pudiera volverse ajena, incluso hostil, a su creador.

I’m sorry, Dave.

Aquella secuencia en la que HAL lee los labios de los astronautas, aquella voz serena y casi paternal, aquella monolítica presencia negra que parece contener el origen y el destino de la especie… todo ello me golpeó con una fuerza que los tratados de metafísica no habían logrado. De pronto, la filosofía ya no era solo un ejercicio de pensamiento especulativo. Había una frontera nueva, concreta, tecnológica, donde las preguntas sobre la conciencia, la libertad y la identidad se materializaban en circuitos y algoritmos.

Poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, aquella impresión fue transformándose en vocación. Empecé a mirar con otros ojos las computadoras que empezaban a aparecer en las universidades a principios de los años setenta. Ya no las veía como meras calculadoras sofisticadas. Las veía como la continuación material de las preguntas que Kubrick había planteado en la pantalla. Si HAL podía existir en la ficción de 1968, ¿qué impedía que, con el tiempo, algo semejante existiera en la realidad? Y si existía, ¿quién debía comprenderlo, programarlo, dialogar con él? ¿Solo los ingenieros? ¿O también quienes veníamos de las humanidades, acostumbrados a pensar en el sentido de las cosas?

Así fue como un estudiante de Letras, que había entrado en la universidad para leer a los clásicos, terminó decantándose por el estudio de la programación de aquellas máquinas todavía rudimentarias de principios de los setenta. No abandoné la filosofía; la llevé conmigo. Porque programar no era solo escribir instrucciones. Era, de algún modo, continuar el diálogo que Kubrick había abierto: el diálogo entre el hombre y la inteligencia que él mismo es capaz de crear.

Más de cincuenta años después, cuando veo de nuevo «2001…», siento la misma mezcla de asombro y reconocimiento. HAL sigue ahí, sereno, inquietante, visionario. Y yo sigo siendo, en el fondo, aquel chico de 1968 que salió del cine sabiendo que el futuro no solo se pensaba: también se programaba.